viernes, 10 de junio de 2011

Gigantes mansos


A veces despertaba escuchando el canto alargado de un pterodáctilo con metálicas cuerdas vocales e indiferentes pasos urbanos que cada día hundían sus pensamientos entre construcciones muertas.

¿Si viviera entre elefantes y ballenas voladoras soñaría con el llanto de los colectivos?

Por eso ahora está aquí, luego de veintisiete años, buscando la rama de la que colgaba como un murciélago, porque a pesar del tiempo aún ama al mundo al revés.

Frente a los gigantes mansos no existen palabras pronunciables.

Tuvo miedo de encontrarle, pensaba que el cambio de su cuerpo le haría percibir al gigante con menos solemnidad, pues comprobaba que los años hacían irreverentes a los adultos y les deshidrata el corazón.

El gigante dormía, como siempre... Respiraba profundamente, como siempre... Acariciado por la brisa, mecía sus ramas cual gatito zalamero, como siempre...

Le sorprendió reconocer que en veintisiete años, el gigante manso continuaba gentil, solitario y quizá un poco más grande. Aquel cuerpo era exactamente el mismo que la sostuvo entre sus membrudos brazos hace casi tres décadas.

Ella, sin embargo, era otra. Sin conocer la muerte había encarnado en sí misma tantas ideas y pensamientos que apenas podía encontrar el espíritu de su recuerdo en aquel escenario. Se colgó como murciélago, esta vez descuidando que su cuerpo era distinto.

Respiró al ritmo del gigante, tan lento que tuvo oportunidad de ver la vida humana transformada en globos de helio sin anclaje.

- Bastaría una hojita seca... Amarilla, roja o marrón, para enfrentar con dulzura las patas de gallo que descansan al final de las sonrisas.- Pensó. Recordó a los abuelos arrugados como tibios almohadones de consuelo y a su vejez como el regalo más despreciado del mundo.

Colgada como murciélago, amando el mundo al revés, con el corazón de un oso en invierno y el cuerpo distinto, se cayó...

Frente a un gigante manso no hay palabras pronunciables, pero mucho podrían decir ellos a los enanos violentos. Por eso, amortiguada entre blandas y frescas raíces que misteriosamente asomaron a la superficie para protegerla, se encontró con el afable rostro centenario del gigante y escuchó su voz inmemorial:
- ¡Y sigues siendo tan chiquilla!

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